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ME GUSTA ESE TAJO, O EL ROCK DE LA BANQUINA MORDIDA

El domingo pasado nos entretuvimos un rato con los tuiteros amigos de la casa @guido_ce y @ayjblog charlando acerca de canciones misóginas en el rock argentino, así como de algunas otras manifestaciones culturales del mismo incorrecto tenor: a la pasada nombramos ejemplos del Negro Olmedo y de la Revista Humo®. Me propuse darle forma a las ideas que se me ocurrieron en esa conversación pero me demoré un poco, y justo el miércoles se difundieron las increíbles declaraciones del Pelado Cordera que todos conocen, mordiendo la banquina como pocas veces se recuerda. Tarde, pero hoy llegamos.

La memoria es tramposa; la memoria histórica, aún más. En este 2016 que ya entra a salir reconocemos como disvalores al machismo y la homofobia, y la violencia del hombre contra la mujer merece una reprobación social mucho mayor que la que recibía en épocas no tan lejanas, en las que se la miraba con una sonrisa condescendiente. (El rock tiene sus muertos de los que hacerse cargo, claro que sí; pero que el tango se haga cargo de letras como Amablemente o La toalla mojada, en especial la segunda, porque al menos la primera no aprueba, sólo narra, y deja el juicio a cargo del oyente).

Y digo que la memoria es tramposa porque estos progresos sociales tienen sus raíces en las luchas de los años sesenta en Europa y América del Norte, y para nosotros, en el retorno a la democracia en 1983. Pero ello no equivale a decir que ni los años sesenta en el Norte ni los ochenta en nuestro Sur, paredón y después fueran poco menos que un 2016 sin Internet. Al rock siempre le cayó muy bien ponerle música a los tan freudianos conflictos entre el deseo individual y el orden social, pero no siempre logró liberarse de ese orden social que repudiaba en los ratos libres que le dejaba juntar con pala los millones que estaba ganando. Porque el machismo en que se formaron las primeras generaciones de rockeros no se disipó así nomás. Y no se disipó porque uno de los géneros que nutrió al rock en la cuna fue el blues, que es tan machista como el tango, o aún más.

Aquí podría citar decenas de canciones, pero me voy a limitar a unas pocas. A Terraplane Blues del Juan el Bautista del blues-rock, Robert Johnson, donde el narrador compara su mujer a un auto que alguien le estuvo usando ("alguien anduvo descargando la batería de esta máquina"). A la aterradora Sweet blood call de Louisiana Red ("la pasé mal extrañándote, nena, con mi pistola en tu boca / podrías haber estado pensado en irte al norte, pero tus sesos se quedan en el Sur"). A un rockito de los cincuenta, Baby let´s play house de Arthur Gunter, que cantara Elvis Presley ("prefiero verte muerta, nenita, que con otro hombre", sí, versos que John Lennon distraería de los bolsillos de Elvis para Run for your life de Rubber Soul). El propio Lennon, el autor the Woman is the nigger of the world, la primera canción feminista que registra mi ignorancia, se apenaba de haber sido un machote golpeador en sus años de Liverpool ("solía ser cruel con mi chica / le pegaba y la alejaba de las cosas que amaba / Flaco, yo era malo pero cambié / y hago lo mejor que puedo", dice en un aporte a la letra de Getting better, que es casi toda de Paul McCartney). Y aún después, si le creemos a May Pang.

¿Los excesos sexuales en las giras de todo artista de rock que se precie? Comenzaron tan pronto como el rock, con Chuck Berry y Jerry Lee Lewis, y para la época de Led Zeppelin y los Rolling Stones ya eran un lugar común y una parte de la mitología del género. (Tanto que varias de las más escandalosas historias que se cuentan acerca de las giras de Zeppelin son al menos parcialmente falsas, sólo que los músicos ya ni se molestaban en desmentirlas, y aún las fomentaban). Lo que los sesenta tardaron en comprender es que la liberación de Dionysos, la liberación de los deseos de la prisión de la civilización, tenía un precio: Dionysos no es un tipo agradable, no sabe de progresismo ni de corrección política, porque es la Naturaleza adoptando la forma humana. Del otro lado del placer espera una bestia.

Pero más que el rock, que corteja de modo demasiado profesional a Dionysos, es el pop el que nos sirve como espejo del zeitgeist de una época. Es, por caso, una canción en la que el protagonista afirma que "tu cuerpo es mío cuando yo decido que así ha de ser / pues tengo ganas de amar / y nada debes preguntar cuando ves que me voy". (Es Soy de cualquier lugar de Los Gatos, editado en 1969). No es mi intención convertirme en un vigilante anacrónico, patrullando letras de hace décadas en búsqueda de versos ásperos para nuestra (bien que recién adquirida) sensibilidad: exagerando sólo un poco, sería como acusar al Imperio Romano de no respetar los derechos de asociación sindical. Sí es mi intención destacar algunos cambios muy positivos que ha habido en el conjunto de valores de la sociedad, y reconocerlos como producto de una evolución caracterizada por luchas, avances y retrocesos, lo más lejos posible de una versión Heidi de ausencia de conflictos y de consensos unánimes e instantáneos (1).

El regreso de la democracia en 1983 es otra oportunidad para el error. No porque no haya sido el hecho capital de la historia moderna del país, o porque no haya representado la primera oportunidad de vivir en libertad genuina para un par de generaciones de argentinos, sino porque a menudo se subestima la inercia de décadas de autoritarismo y represión. Y no hablo solamente de la vocación de las fuerzas policiales por autogobernarse, o del deseo de los factores de poder por seguir siéndolo, sino del tema de esta nota: el machismo, la misoginia y la homofobia. Perceptibles en en ese otro espejo del alma de una sociedad que es el humor.

El ejemplo más obvio sería No toca botón, y casi no habría necesidad de citar ningún sketch. El más llamativo, la revista Humo®, una revista progre que se editó entre 1978 y 1999 y que, en los años ochenta, era una referencia cultural ineludible. (En años como 1981-83, se puede decir que incluso era un fenómeno masivo. Piensen en Barcelona teniendo la repercusión de Jorge Lanata, por ejemplo). Pero Humo® se permitía una historieta de trazo grueso como Manfloro, con una visión satírica de la homosexualidad que hoy resultaría escandalosa, o textos como el Romancero del Eustaquio, en los que morochos descriptos de un modo que hoy heriría muchas susceptibilidades siempre terminaban violando al incauto potagonista. (Me acordé del Romancero gracias a la moda del Pokémon GO. Eustaquio sería un fan de ese juego... y así terminaría por cazar monstruitos digitales). Y las geniales historietas de Grondona White, un historietista que hizo época, no siempre salen exentas de la acusación de misoginia (2). No, en muchos aspectos, la transición cultural posdictadura no estaba terminada cuando el presidente Alfonsín adelantó su despedida porque el país se le incendiaba en las manos.

Pero creo que el ejemplo más claro de lo afortunadamente lejos que estamos en 2016 del machismo de otrora es una película de Jorge Porcel con guión de Hugo Moser, llamada Fotógrafo de señoras, estrenada el 14 de abril de 1978. La película es mala, incluso bajo los estándares no muy elevados del humor cinematográfico argentino de aquellos años, pero la empeora una circunstancia que hoy resulta increíble. El personaje de Porcel es acusado falsamente de violador, pero eso no resulta en su marginación: más bien lo contrario. Los personajes femeninos de la película interpretan la presunta violación como demostración de una virilidad arrebatadora, y se pasan de los minutos 41 a 43 y 51 a 52 del filme cortejando al Gordo. Sí, como leen. ¿Pruebas? Tienen el video arriba a la derecha, sólo necesitan ir a los minutos mencionados.

 

NOTAS

 

(1) En todo caso, valoremos a los que se atrevieron a romper los consensos, como Moris en Escuchame entre el ruido, que se carga al machismo imperante cantando que "el hombre tiene miedo de su sexo también / y niega a la mujer que lleva dentro de él". O "ustedes dicen macho, varón y qué se yo / me meten en un molde como si fuera un flan / y para recibirme de hombre, no es verdad / me tengo que pelear, no tengo que llorar... / Hablar de las mujeres como cosa que hay que usar / tener la pose macha y la voz de arrabal / pero yo bien los conozco. No me pueden engañar, / tienen mucho miedo que los llamen 'anormal'". En 1969, flaco. Dale, vení, hablame de coraje. Porque mucho Verano del Amor, pero el machismo en Argentina estaba tan vivo como siempre.

Y tengamos en cuenta que las conquistas de estas décadas pueden perderse, apenas los vientos de la Historia soplen desde otro cuadrante. Y no me refiero al crecimiento del fundamentalismo islámico incluso en Europa, o al menos sólo a él: ¿o acaso nadie se dio cuenta del perturbador carácter misógino, homofóbico y violento de buena parte del hip-hop? Hip-hop que, por otra parte, parece fungir de hermano norteamericano de una cultura muy argentina: la de la cumbia, con quien comparte iconografía ostentosamente marginal, indumentaria y taras culturales como las señaladas.

 

(2) Repito lo dicho acerca de que no es mi intención convertirme en un anacrónico pesquisador de indignidades. Y por cierto, Humo® también publicaba notas de denuncia de la misoginia y el machismo, humorísticas o no tanto, de gente como María Elena Walsh, Gloria Guerrero o Cristina Wargon.

 

 

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